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Quiero publicar, cuando casi han pasado diez años, un artículo de la revista LA DÉCADA, de puertas Visel, empresa que patrocinó una de las actividades mas bonitas y duras que realizamos seis amigos: Fax, Lolo, Marcos, Aurelio, J. Ángel y yo. Cabo Norte 2000.

LA DECADA

VISEL FUE CON ELLOS

«Lo que más sobrecoge es la soledad. Hay momentos de la marcha en que te distancias de los otros y no ves a nadie. No ves otra cosa que no sea nieve y hielo, mires hacia donde mires. Kilómetros y kilómetros de nada».

 

TODO EMPEZÓ

  Todo empezó hace casi un año, cuando nos presentaron su proyecto con la esperanza de que VISEL se lo patrocinara. En resumen, se trataba de recorrer en once días los 220 km que hay entre la pequeña población de Kantokeino y el Cabo Norte (el punto mas septentrional del continente europeo).

  La marcha se haría andando sobre esquíes y arrastrando cada uno un trineo con el equipo. Sin apoyo exterior de ninguna clase. Las temperaturas estarían entre los –5 ºC y los –20 ºC, como en los buenos frigoríficos.

   Como no podía ser menos, la idea en principio nos dejó bastante fríos. Pero ellos seguían explicándonos el proyecto con una ilusión imparable: todos tenían experiencia, iban a prepararlo con mucho detalle, los trineos los construirían ellos mismos, era un desafío muy importante... Tanto calor pusieron los seis, que al final, naturalmente, nos derretimos.

 

UN COMIENZO COMPLICADO

   Cuando llego el día D, todo estaba listo.

Los trineos de diseño especial, la ropa súper aislante la comida liofilizada (solo hay que añadirle agua y calentar, como el sopinstant ese que anuncian), los cartuchos de gas, las brújulas el localizador GPS (por satélite y todo lo demás; entre todo lo demás algún chorizo sin liofilizar). Hay que pensar que durante once días no iban a tener contacto con nadie ni iban a disponer de referencias visuales para orientarse. Tenían que ser autosuficientes. Los imprevistos surgieron al facturar los equipajes. El exceso de peso era mayor del previsto y hubo que pagar bastante más de lo calculado. Pero el percance importante ocurrió al llegar a Oslo. En la agencia de viajes les dijeron que no se habían podido cerrar los vuelos de i Oslo a Alta (el aeropuerto mas cercano del punto de partida), ni tampoco la vuelta, pero que no tendrían ningún problema.

   Como suele ocurrir cuando te dicen que no te preocupes por algo, que no hay problema, pues va y si lo hay. Para el vuelo de ida, ningún inconveniente; pero para volver, sí. La única posibilidad existente adelantaba tres días el regreso a Oslo con lo cual desaparecerían los días de reserva que se habían previsto por si hacia mal tiempo o se presentaba cualquier otra contingencia.

   Lo toma o lo deja. Nuestros amigos tuvieron que asumir un riesgo importante: cualquier incidencia, les complicaría extraordinariamente el regreso.

 

SE PUSIERON LA BOTAS

   Dicen que la providencia ayuda a los inocentes. Debe de ser cierto, porque durante los días disponibles para la travesía no hizo mal tiempo (quitando las bajas temperaturas que ya estaban previstas), ni hubo percances que dificultaran la marcha. Mejor dicho, no hubo percances que la interrumpieran gracias a la capacidad de sufrimiento de nuestros muchachos.

   Resulta que el tipo de bota que llevaban era muy adecuado para andar por nieve, pero resultaba demasiado aislante para ir sobre esquíes con lo cual los pies se recalentaban y la planta se llenaba de ampollas y heridas.

   Parece que este tormento añadido puso a prueba la resistencia del equipo. En particular al empezar a caminar por la mañana, en frío la cosa adquiría visos de autentica tortura.

 

LA NOCHE CON AURORA

Sí, efectivamente. Los seis expedicionarios eran hombres y es verdad que en los once días no tuvieron contacto con nadie. Hablamos de la aurora boreal.

   Todos coinciden en resaltar la suerte que supuso el poder ver ese fenómeno. Habían montado el campamento para pasar la noche. El cielo estaba despejado. De pronto, una enorme luz cruza el cielo. Se mueve adquiriendo mil caprichosas formas mientras cambia de color.

   El insólito espectáculo no dura más seis minutos, durante los cuales todo el grupo se queda petrificado por el asombro. Solo cuando termina, caen en la cuenta de que ni siquiera han hecho intención de sacar alguna foto. Pero ninguno de ellos necesitará un documento gráfico para recordar ese momento.

 

SE HACE CAMINO AL ANDAR

   Nunca mejor dicho. Durante ocho horas diarias, más o menos, nuestros amigos andaban alrededor de 30 km y hacían el camino al andar. Calculan que el 90 % del camino la hicieron sobre el agua (la superficie helada de ríos y lagos), entre otras cosas para evitar subidas y bajadas. Porque casi no cuesta arrastrar los trineos cuando van en liso, pero en cuanto se coge una pendiente, tiran o empujan como si les hubieran puesto un motor.

   Cuando por fin acaba la etapa, hay que montar las tiendas, colocar los sacos y preparar la cena, a base de coger nieve y derretirla con los hornillos de gas.

   Para poder montar las tiendas sin que se caigan y para no hundirse en el suelo al tumbarse, es necesario apisonar la nieve, lo que da lugar a un curioso y agotador ritual, mezcla de danza india y de pisado de uva.

   A la mañana siguiente, otra vez a colocarlo todo en perfecto orden en los trineos para continuar la marcha.

 

LLEGADA CON RECOMPENSA

   La ultima jornada fue la más larga. En lugar de quedarse a 13 km de Cabo Norte y hacerlos al día siguiente, prefirieron estirarse y alcanzar la meta esa misma noche. Tenían verdaderas ganas de llegar y, además, los cartuchos de gas estaban tan agotados como ellos.

   Llegaron ya oscureciendo y se dirigieron hacia una de las entradas de un recinto comercial subterráneo de varias plantas.

   Al no ser temporada turística el centro no funcionaba y el acceso estaba cerrado. Pero pensaron que allí estaban mas resguardados que en mitad de la nieve y que podían ahorrarse parte de los rituales.

   Y entonces ocurrió algo sorprendente. Una chica que debía de estar cuidando el recinto abrió la puerta y les dijo que pasaran. Les enseño el lugar, los invito a café, les puso un documental sobre la zona de Cabo Norte que proyectan a los turistas y les dejo dormir en el acceso que tenía el suelo calefactado para evitar la formación de hielo.

 

TURISTAS FORZOSOS

   Al día siguiente, después de ultimar el reportaje gráfico en el monumento erigido en el Cabo Norte, vuelta a Oslo, donde tuvieron que permanecer tres interminables días hasta coger el vuelo reservado para volver a España.

   Su opinión sobre la capital noruega es tajante: una de las ciudades del mundo donde pueden hacerse menos cosas y de las más caras. Así que, después de once días fundiendo nieve, en Oslo se fundieron lo que les quedaba.

   Fue una especie de secuestro con rescate por cuenta de los secuestrados.

 

HOGAR DULCE HOGAR

   Diecisiete días después de salir de Madrid, volvían a casa con una aventura más en su haber La experiencia había resultado satisfactoria y muy interesante. Ahora tocaba recuperar el peso perdido, curarse las heridas de los pies, poner una reclamación a la agencia de viajes, disfrutar de todas las comodidades a las que habían renunciado durante ese tiempo,...

   Sin lugar a dudas tenían ganas de volver y venían contentos. Pero nos lo han confesado: vinieron todo el viaje de vuelta seleccionando ideas para la escapada del próximo año.

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