Sur de Groenlandia en kayak

Kayak transporte Inuit

He podido vivir en estos días una historia llena de emociones y curiosidades recordando la vida tradicional de los inuits. Antiguamente recorrían a bordo de sus kayaks los maravillosos parajes a través de un sinfín de fiordos, islas de cuento,  icebergs azules y largas banquisas de hielo escupidas por los grandes glaciares en estado terminal; banquisas que cerraban el paso a las antiguas pero sofisticadas embarcaciones construidas con piel y madera en las que sólo iba una persona. Así salían a navegar unos días para pescar y cazar, y volvían al poblado con todo lo necesario para sobrevivir.

 

   Nosotros hemos cambiado el material de los kayaks: en vez de madera y piel, plástico, y para los ropajes las pieles están pasadas de moda; pues ¡toma Goretex! Y ¡cómo no! en vez de arpón y flechas, cámara de fotos. En cualquier caso no tengo palabras para transmitir lo que me provocaban los paisajes, cruzar un fiordo y en medio oír un arroyo que desciende de un iceberg de azul que viaja a la deriva, también es impresionante oír, cuando estás dentro del saco, los zorros árticos reírse de nosotros entre los ecos de la noche, ver los atardeceres reflejándose en un granizado, escuchar los truenos de hielo que lanza un enfurecido glaciar durante todo el día y toda la noche, y la sensación de aislamiento y de libertad. Seguro que eran los mismos sentimientos que tendrían los grupos de inuits, que al igual que nosotros salían a cazar y pescar, ellos animales para comer y nosotros sensaciones para vivir.

 

   Desde este comentario me gustaría dar la gracias a Jytte y a Pablo. Aparte de ser los guías de la ruta han sido dos amigos. Jytte, una mujer danesa que habla perfectamente español, y Pablo, un argentino de península Valdés. Con ellos, además del idioma, he compartido momentos de los de verdad, de los de campo, en los que me he sentido muy identificado con ellos y ellos conmigo. Nos llena lo mismo y disfrutamos de lo mismo; de los sentidos, de todo lo que nos rodeaba. No olvidaré los paseos por los alrededores del campamento que dábamos los tres buscando tumbas inuits, subiendo cerros, comiendo arándanos, y los cafetitos en nuestro tipi acompañados de galletitas de chocolate, historietas y risas, ya que aunque el tipi era de todos, al llegar la noche solo era habitado por nosotros tres. Por esos momentos el viaje ha sido mucho más intenso y mucho más grato. Quería darles la gracias especialmente y estoy seguro de que volveremos a vernos.

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